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México

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Todos hemos pasado por esto. El amor que creías que era el amor de tu vida, poco a poco, o repentinamente, como un balde de agua fría, decide que contigo no va en la dirección correcta. Te cuestionas las cosas que hiciste mal, te culpas, buscas estrategias para retenerlo y surgen un sinfín de preguntas que parecen no tener respuesta, ya que esa persona que un día consideraste indispensable, tomó una decisión definitiva.

El lenguaje es complicado y no menos es la comunicación. Decir todo lo que está sucediendo en tu interior nunca es un salto libre de temores; la extrema franqueza de ciertas personas lo sabe, pero aún así se ejecuta a sí misma. La sinceridad –o la tan llamada claridad de voz– incluso puede convertirse en problema, aunque sus dueños se sientan orgullosos de tenerla. Para los mesurados y de alma cautelosa es un conflicto todavía más grave externar ideas, opiniones, sentimientos o decisiones. En ambos casos, no se trata de falsedad en diversos niveles; por el contrario, son síntomas de cuidado y preocupación, distintas formas de hacer frente a la información.

Recuerdo que cuando comenzamos prometimos que en cuanto las cosas se pusieran mal, nos alejaríamos para siempre. Dejaríamos la relación antes de empezar a tener malos ratos y siempre nos recordaríamos como una de las mejores épocas de nuestra vida, una en la que nunca hubo peleas, discusiones ni lágrimas. Hoy estamos al borde del abismo y antes de caer quiero decirte que no voy a regresar. Llegó el día en el que las peleas comenzaron y poco a poco postergamos la promesa de velar por nuestra felicidad inmediata. Nos dejamos llevar por el miedo a la soledad y hoy que ya no puedo estar contigo sólo pienso que tal vez debimos hacer lo correcto desde el principio.

La soledad es una situación que a todos nos incomoda, constantemente tratamos de cubrir ese vacío que nos provoca tanta incertidumbre. No estar con alguien, sentirnos aislados del mundo como si nadie quisiera acercarse a nosotros, es quizá uno de los peores sentimientos que podríamos experimentar en nuestras vidas. Es un tipo de rechazo que nosotros mismos generamos en nuestras mentes porque lo cierto es que la soledad a veces es nuestra mejor opción.

Dentro de ti, en cualquier momento, puede nacer la aspiración de tener una relación, tal vez no cuando reíste hasta el cansancio con tus amigos, ni cuando creíste que estar soltero sería la fórmula mágica para vivir la plenitud de tu libertad y tu independencia emocional.

Creíste que él te amaba tanto como tú porque respondió igual la primera vez que le dijiste “Te amo”, pero el amor no es tan sencillo. De acuerdo con investigaciones dirigidas por el Instituto Tecnológico de Massachusetts se concluyó que las mujeres son las primeras que se enamoran perdidamente. Por otro lado, los especialistas de la revista “Journal of Personality and Social Psychology” determinaron que no importa quién ame primero, sino quién lo demuestre.

Hay un sentimiento que todas las relaciones que inician y terminan tienen en común: el miedo. Ese que te hace querer retroceder para no sentir dolor si es que todo termina; el mismo que sientes al no saber qué es lo que viene (o por saberlo) después de decir adiós.

Es decepcionante terminar con alguien que alguna vez pensaste te acompañaría toda la vida, pero así es la realidad. No tiene sentido borrarlo todo como en “Eternal Sunshine…”, tampoco está bien que te hagas bolita y acaricies a tu gato mientras el mundo pasa. Es hora de ver el mundo como en realidad es y reconstruirte.

De entre todos los problemas que existen en una relación, la infidelidad apunta a ser el más destructivo. Al menos eso descubrí cuando me sucedió. Pensé que las peleas eran la peor parte del día, que las noches en las que decidíamos no dormir juntos eran una pesadilla, pero no estaba listo para la ola de dolor que llegó a mí cuando un amigo se atrevió a decirme: “Creo que Daniela te está engañando“.

Soñaba contigo, según mi memoria, casi todos los días. Vestida de novia, desnuda sobre la cama y abrazada a tu cuello, riéndome frente a tu sonrisa retorcida y mirándote desde lejos mientras jugueteabas con otra mujer; así es como me veía en los sueños que protagonizabas. Le conté de ti y la forma en que me terminaste a todos y cada uno de mis amigos, mis conocidos también se aprendieron tu nombre pues no había día en el que no apareciera en alguna plática o reunión casual.

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