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01 Feb
¿Por qué engañamos? ¿Hay amor?
Leído 1244 veces | Publicado en Filósofo
 
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El engaño es una brecha que separa del imaginario de lo real. Lo real tiene que ver con eso que desconocemos de la cosa y de pronto de hace presente.

Se hace evidente algo que estaba allí pero que no se había visto. Generalmente es algo intolerable, insufrible y doloroso. No lo vemos porque construimos uno de los objetos de que habla Lacan: el objeto imaginario. El otro es el objeto del que suponemos algo, creemos conocerlo, pero se nos escapa una y otra vez, ya sea porque no satisface nuestro deseo o porque aparece algo del objeto que no pensábamos que estaba ahí. Y, finalmente, puede tratarse de un objeto que no podemos simbolizar adecuadamente; es decir, el lenguaje no alcanza para describir lo que es el objeto, su núcleo esencial, y nos elude de modo que el discurso no comprende lo que el objeto es en realidad.

Visto así, puede suceder que imaginemos algo de la pareja que no corresponde a lo real. Lo penoso, doloroso, aparece de golpe y nos sacude. Un buen día nos deja de parecer ‘interesante’ o ‘hermoso’ lo que veíamos en el otro, y comenzamos a ver lo horrendo: su capacidad de enojo, su profunda inseguridad, su inconstancia, el fin de su frescura, por no hablar de una percepción de fealdad que se revela sorprendente ante la evidencia de que nos parecía que era un ser bello. Si el goce es el placer que alcanza a ser doloroso, y refiere en última instancia a lo que se desea, el objeto causa del deseo es imaginado como capaz de satisfacer el goce. Pero lo que ocurre es que no lo hace, frustra, mutila, anula, cercena la expectativa de ese goce y entonces comienza a ser doloroso lo que ofrece. Ahí comienza el abandono.

En el caso de lo que no puede ser simbolizado nos la vemos con una persona que creíamos conocer. Solemos decir “yo pensaba que era así”, pero se revela como diferente y es cuando lo real brota en el ser del otro, ese Otro del otro, lo que es su ser más que su ser mismo: eso que rebasa lo que pensábamos del otro y se expresaba en costumbres y lenguaje, de repente se escapa y aparece Otro que es muy distante y distinto de lo que creíamos. Abandonamos el objeto porque lo real lo muestra como lejano al goce. Y a veces como algo cuyo goce sería demasiado doloroso. Si nos gustaba esa mujer porque es bella, da cursos, es independiente, es fuerte, es capaz de no depender de nadie, llega un momento en que en lo real se revela tan independiente es que torna indiferente, tan fuerte que no le importa hacernos daño, tan independiente que llega a proponernos una relación sin ataduras, y esa dimensión de goce es mero dolor. Abandonamos. Y desde luego que en la medida en que el objeto escapa a nuestra satisfacción lo seguimos deseando. Esperamos que por fin nos dé lo que necesitamos, y no lo hace. Creemos saber qué quiere y aunque lo damos no lo vemos feliz. Es el pequeño objeto a que siempre nos elude. Por eso lo abandonamos. Decimos “le doy mensajes, comidas, cariño, placer erótico hasta donde puedo, compromiso, lealtad” pero ella no es feliz, se nos escapa el objeto que deseamos, y vamos tras el objeto modificando la estrategia sin lograr que sea feliz, nos elude, es algo cuyo ser se nos escapa, de modo que es otro objeto el que podría darnos eso que pedimos. Lo peor que podría pasar es que ese nuevo objeto tampoco se sienta pleno. Y de objeto en objeto buscamos el que nos llene y al que podamos llenar. Pero ese objeto no existe porque el deseo es de lo que nos falta, y si nos diera lo que nos falta ya nos habría llenado, lo cual implica que ya no sería de nuestro interés.

Por eso hay abandono y engaño. El engaño es circular. Se auto engaña, porque supone que otro objeto puede sustituir al que imaginábamos sin darnos cuenta de que proyectamos en otro objeto lo que imaginábamos en el primer objeto. Es decir, si ella me deja entonces busco a otra que sí sea como quiero. Traspasamos el engaño de imaginar algo de alguien a otro ser que de nuevo queda atrapado en nuestro sueño.
Si engañamos buscando simbolizar de otra manera al objeto, elegiremos a alguien que sea menos independiente, menos auto suficiente, menos fuerte, y que esté con nosotros. Quizás diremos: esta mujer me da lo que no me daba la otra, porque es diferente a ella. Y al poco de engañar nos percatamos que eso que decimos de la nueva pareja tampoco corresponde a lo que realmente es. Lo real de su ser aparecerá y posiblemente no nos resulte agradable, adecuado al goce doloroso que somos capaces de soportar.

Por último, si la persona con la que engañamos a la pareja abandonada nos diera todo lo que la pareja no nos da, pronto dejaríamos de engañar porque la esencia de estar con alguien es que no nos de lo que deseamos. Pues si lo hiciera dejaríamos de desear. Al engañar buscamos que nos den lo que la pareja no nos da. Pero ni una ni otra nos darán todo lo que nos falta.
El escenario de engañar estando con alguien es traición, desde luego. Pero al imaginario, a lo simbólico, y en lo real, respecto de un objeto que hace el efecto pantalla de hacernos creer que es diferente a la persona con quien estamos y que vamos a engañar o estamos al mismo tiempo engañando.
Desde luego que el engaño representa el amor falaz. Quienes dicen que tienen un amante pero aman a su marido, o a su esposa, mienten. El amor no necesita engañar. El que engaña se engaña creyendo que ama. Y la culpa o el miedo lo retienen con la persona a la que traiciona.


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