31 Ago
¿Por qué elegimos a nuestras parejas?
Leído 274 veces | Publicado en Psicólogo
 
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Encontrar un sujeto de amor es en verdad, como Freud (1905) ya lo dijo, reencontrarlo pero es también descubrirlo y casi inventarlo.

Estar enamorado es revivir una serie de viejos sentimientos y deseos que han sido actualizados.
Algunas relaciones amorosas apasionadas pueden transformarse en amistades plenas, íntimas y de mutuo cuidado que duran toda la vida, o convertirse en matrimonios armoniosos. Otras, sin embargo, inspiradoras al principio, llegan a dominar la vida emocional del individuo y llevan a un momento imposible de superar, que no promueve ni crecimiento ni placer. En estos casos, la separación emocional y el duelo son inalcanzables. Aún cuando la relación puede haber cesado muchos años atrás, un deseo profundo de recuperar aquel placer ideal, particular e intenso puede subsistir como así también pueden persistir las huellas de la desolación causada por su pérdida.
¿Cómo se explica el poder de adherencia de estas relaciones pasionales malignas?

El elemento cautivante, a menudo indescriptible, varía: para algunos, la experiencia fue el sentir amor incondicional; para otros, el sentimiento de ser afirmado y admirado infinitamente; para otros el gozo de haber amado con un nuevo abandono, y vivido una sorprendente libertad sexual; o bien haber sentido una resonancia emociona que condujo a un poder creativo nunca antes experimentado.

Ciertas condiciones parecen prevalecer en esta búsqueda de curación por amor. El objeto elegido es capaz de resonar emocionalmente con el paciente a un nivel primario. Esta resonancia promueve una sensación de ser profundamente “conocido”, una respuesta que seduce al amante a reaccionar, a su vez, con un incremento de emociones y de excitación sexual. Reconocemos en esto el comienzo de todo amor, y su mágica idealización. En cambio, en estos enlaces malignos, se desarrolla una dependencia intensa en el amado, quien no sólo se torna fuente de todo goce, pero a quien se le otorga la capacidad de determinar el valor intrínseco del sujeto. Un amo, un dueño ha sido instituido, el cual cumpliría la misión de facilitar reorganización frente a transformaciones amenazadoras para el sentimiento de sí. Esto puede explicar por qué el amado adquiere el poder absoluto de juzgar el valor de la existencia del otro.

A pesar de sus marcadas diferencias individuales las relaciones malignas presentadas revelan algunos elementos comunes:

1. Circunstancias emocionales desorientadoras crean un campo fértil a la idealización del amante lo que impide una temprana evaluación objetiva y crítica. Desde el comienzo, la relación parece ofrecer un dichoso, aunque precario, sentido de integración de la autoestima, que también restringe el juicio del individuo.
2. La nueva conexión presenta una familiaridad resonante e incitante acompañada por un intenso sentimiento de bienestar.
3. Cualquier intento de reevaluación de la relación amorosa o del amante parece amenazar la autoestima del paciente y poner en riesgo el significado de la vida también.
4. Estos peligros parecen indicar que la calidad pasional del vínculo establecido está basada en una necesidad de reparar, a través de una unión integradora, una debilitada organización del sujeto mismo. Tal es la dependencia en la presencia de este otro que si la desilusión irrumpe, el sentido de integración del individuo sufre un severo y riesgoso golpe.

Qué convierte esas relaciones, nocivas y resistentes al cambio, en inalterables? Sus guiones rituales exigen una coreografía de repetición obligatoria, una repetición que domina cualquier deseo consciente de cambio. ¿Por qué?

1. Los afectos inconscientes de origen traumático, habiendo causado un arresto del desarrollo en la evolución de la consolidación de uno mismo, buscan resolución.
2. Esos afectos inmediatamente desplazados a un nuevo vínculo, sufren un cambio cualitativo, se convierten en excitación pasional sostenida.
3. De este modo, esa excitación incluye el bloqueo inconsciente original, en la forma de una contradicción, entre una conexión totalmente satisfactoria y simultáneamente una pérdida imposible de soportar.
4. La dinámica de apegos insoportablemente dolorosos nos remite a momentos tempranos, revividos bajo circunstancias corrientes de la vida. El amor, sí, es un reencuentro. El amor busca deshacer deficiencias anteriores.
5. El enlace pasional maligno está motivado por un intento inconsciente de “ahora sí es el bueno”, de carencias de desarrollo.

Para poder conocer, pensar e integrar nuestras carencias, que fueron descritas, se necesita buscar ayuda profesional. Sabemos que el abandono emocional traumático, las carencias emocionales familiares contemporáneas o a través de generaciones, contribuyen inconscientemente de manera importante a nuestra fragilidad amorosa y dejarán una marca indeleble en la cualidad de nuestras relaciones psíquicas y sexuales. La estabilidad y el crecimiento requieren un cierto grado de idealización de uno mismo, basado tanto en la autonomía como en reciprocidad. Si el amor infunde la idealización de uno mismo necesario para el propio crecimiento, tolerando una visión realista del amante, admite un incremento de la individuación armoniosa hacia el bienestar mutuo de los amantes.

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