26 Jun
Mujeres y familias hoy: ¿qué cambios ha habido?
Leído 439 veces | Publicado en Sociólogo
 
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“Señora ¿usted trabaja?
No, soy ama de casa.”
(Dialogo entre un encuestador
y una Ama de Casa.)

Ante cualquier evento que denote cierto atraso o antigüedad resulta frecuente señalar “¿cómo es posible que ocurra en pleno siglo XXI?”. Sin embargo, los cambios sociales y culturales, además de ser lentos, generan grandes resistencias, como el hecho de que las mujeres Amas de Casa se empoderan cuando, además de llevar a cabo sus tareas cotidianas trabajan remuneradamente.
A propósito de esto, en cierta ocasión escuché a un empresario decir a voz en cuello que con alguna de sus propuestas laborales “vamos a empoderar a las mujeres”. Esta frase tiene algo erróneo en su existencia, más allá de que se repita una y otra vez en diversos espacios, lo equivocado está en que ninguna persona puede empoderar a otra, el empoderamiento es algo absolutamente personal, es una decisión propia. Empoderarse significa que las personas adquieran el control de sus vidas, logren la habilidad de tomar decisiones y definir sus propias agendas, es decir: construyan su proyecto de vida. Lo cual no es sencillo en los modelos social, cultural y económicos vigentes y si además te han convencido que tu obligación es vivir para otros y anteponer sus necesidades, deseos e intereses por encima de los propios. Ante esto el reto es mayúsculo. Es el caso particular de las mujeres, este “deber ser” esta mediatizado cuando sobre las actividades domésticas se busca convencer que son tareas a desempeñar por ellas “por su naturaleza biológica”, y además las hacen “POR AMOR” a su familia. Al menos hay que darse cuenta que esto sucede.
De acuerdo con INEGI, en el año 2015 el trabajo no remunerado en México alcanzó un nivel equivalente a 4.4 billones de pesos, lo que representó el 24.2% del Producto Interno Bruto (PIB), lo cual es superior a lo que otras actividades económicas consiguieron como el comercio o la industria manufacturera. Esto implica reconocer que el trabajo pagado se efectúa gracias al trabajo no pagado, ese que de forma gratuita hacen las mujeres en sus hogares, como es el trabajo doméstico y los cuidados de personas dependientes (infantes, personas enfermas, con discapacidad o de la tercera edad) y que eufemísticamente se le llama “el quehacer” o “tareas femeninas” y no es reconocido como trabajo ni por ellas mismas. La sociedad y las propias mujeres lo ven como una obligación femenina y por tanto no hay nada que agradecer o reconocer a quien lo realiza. Según CONAPO Estas tareas están hechas en 80% por mujeres
En México, 43% de las mujeres participa en los empleos formales, en comparación con el 78% de los hombres, siendo de las tasas de participación más bajas de América Latina (Forbes Staff; 2017). Así, las mujeres ingresan a trabajos pagados en forma desigual, pues cargan con un trabajo adicional no pagado y dar dinero a la casa no las excluye del trabajo doméstico y de cuidado familiar. Las mujeres dedican entre 49 y 53 horas semanales (INEGI, 2018) y esto se agudiza más en los espacios rurales del país. Este contexto puede restringirlas a dedicarse de forma exclusiva al trabajo del hogar u obligarlas a la doble o triple jornada; además de aislarlas de otros espacios de la vida social, con la consecuente situación de dependencia económica y de subordinación respecto del hombre.
Muchas mujeres llegan a su trabajo remunerado habiendo hecho un trabajo previo: preparando desayunos, comidas, limpieza, atendiendo a personas dependientes… y todo lo necesario para que la familia vaya a trabajar, a estudiar… Estos roles tradicionales se convierten en un obstáculo estructural que a veces las lleva a interrumpir su ejercicio profesional, oficio, negocio o lo que estuvieran haciendo antes de asumir estas tareas o dedicarse a una media jornada o de tiempo parcial, obteniendo como recompensa una escasa pensión en la vejez, si es que llegan a tenerla. Además, esta imposibilidad de cumplir sus metas laborales o profesionales se traduce en una pérdida económica para los países, pues hay un costo sombra especialmente en mujeres que hayan estudiado en escuelas públicas (pagadas con los impuestos de toda la sociedad) y que por atender sus hogares, no pueden ejercer aquello que redituaría más socialmente y cuando pretenden hacerlo, ya están fuera de la competencia por haber estado en el hogar varios años impidiendo su actualización en cualquier ámbito.
La situación antes descrita se observa en el marco del patriarcado, presente como una organización política, económica, religiosa y social, cuya base es la autoridad y el liderazgo de los varones sobre las mujeres. De acuerdo con Heidi Hartmann (1994), se ha encontrado que capitalismo y patriarcado se armonizan y los mecanismos que facilitaron tener autoridad sobre ellas fueron: la tradicional división sexual del trabajo y las técnicas de organización y control jerárquicos; donde entre los beneficios alcanzados han determinado la posición subordinada de las mujeres en los mercados de trabajo y su consiguiente sometimiento en el ámbito familiar y privado (Hartmann, Heidi: 255-257).
Podemos observar que cuando una mujer Ama de Casa tradicional decide buscar ingresos, sea por separación, enfermedad de la pareja, migración u otras razones, hay una tendencia a que su primer contacto laboral sea en tareas domésticas, de cuidado de personas o en el sector servicios, sobre todo relacionados con vender o producir alimentos, justo en las actividades en que la sociedad ha orientado la especialización de las mujeres desde su niñez (a través de los juguetes y juegos).
Todo esto se traduce en la expropiación social del cuerpo de las mujeres: con su cuerpo crean las condiciones necesarias para sostener la evolución del ciclo vital de las personas, desde que nacen hasta que mueren. Es decir, garantizan un estado de bienestar de las familias mediante actividades cíclicas sin fin, desde la higiene individual, aseo de los espacios físicos, hasta vestido y calzado, además del cuidado y atención a la familia felina, canina, peces, plantas… por lo que vemos que no ha habido grandes cambios en este siglo XXI respecto al tema.
Nuestra propuesta es que las mujeres reconozcan que SI TRABAJAN, que atender un hogar y las necesidades familiares es un trabajo no remunerado impuesto por la sociedad. Por tanto, toda la familia debe participar de forma equitativa en las tareas señaladas; que los medios de comunicación y libros de texto promuevan reconocimiento y valoración de las tareas del hogar; promover guarderías, lavanderías y otros servicios a precios accesibles para hogares donde las mujeres realizan un trabajo remunerado. Sería una justa redistribución de estas actividades no pagadas y traería beneficios para la sociedad en general, dado que quienes integran las familias serían más independientes pues aprenderían a cubrir sus necesidades básicas de aseo, alimentación, toma de decisiones… y las mujeres tendrían mayores posibilidades de ejercer sus oficios, negocios o profesiones. ¿Por qué no atreverse con cambios mínimos personales? pero cambios al fin en este siglo XXI.
Referencias:
Bonnafé, Juliette. Forbes México. “El trabajo no remunerado en México.”
https://www.forbes.com.mx/el-trabajo-no-remunerado-en-mexico-representa-24-2-del-pib/
Altamirano, Claudia (2018). Mujeres cuidadoras atienden a 42 millones de personas dependientes.
https://www.animalpolitico.com/2018/10/mexico-falla-trabajo-cuidadoras-dependientes/
Hartmann, Heidi (1994). “Capitalismo, patriarcado y segregación de los empleos por sexos” en Borderías, Cristina y Cristina Carrasco (Comps.) Las mujeres y el trabajo. Rupturas conceptuales. Icaria. Madrid.


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