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31 Ago
Redes sociales: su adicción afecta relaciones personales
Leído 371 veces | Publicado en Sociólogo
 
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Tanta conectividad y al mismo tiempo
tanta desconexión social, significa que
¿Vamos hacia un cierto autismo colectivo?

Se nos ha reiterado que esta no es una época de cambios sino más bien un cambio de época, esto se expresa a través de grandes avances tecnológicos ante los cuales, de ninguna manera, podríamos estar en desacuerdo…

sería como plantear vivir al margen de la civilización. Sin embargo, si vale analizar sobre los mismos y la influencia social y cultural que han traído consigo. Desde el siglo XIX el filósofo y economista alemán Karl Marx analizaba el desarrollo tecnológico de esa etapa histórica y hacía énfasis en que la persona no tendría que convertirse en un simple apéndice de la máquina, sino más bien tomar el control que le correspondía. En el presente siglo podríamos afirmar que se ha generado tal dependencia de las tecnologías de la comunicación que ya estamos viviendo algunas de esas serias repercusiones.
Los progresos en el ámbito tecnológico han transformado la vida cotidiana y a la sociedad en su conjunto, no sólo de un país sino del mundo entero. Específicamente en la comunicación (fenómeno examinado desde múltiples perspectivas), quienes lo estudian cuestionan cómo un hecho, al parecer tan “sencillo”, puede llegar a tal complejidad si “tan solo” se refiere a una persona que emite (EMISOR) un MENSAJE a alguien que lo recibe RECEPTOR. Si a esta comunicación humana de por sí enmarañada se añade la tecnología, estamos en la necesidad de hacer un alto en el camino y preguntarnos ¿qué está pasando en nuestro entorno cercano con las tecnologías comunicativas?
Empecemos por señalar que al parecer estamos frente a un escenario de autismo colectivo en cierta forma, pues de acuerdo con el diccionario, éste se refiere a un trastorno psicológico que se caracteriza por la intensa concentración de una persona en su “propio mundo interior y la progresiva pérdida de contacto con la realidad exterior”. Exactamente no sería un autismo, sino un fenómeno colectivo semejante, que implica una desvinculación social expresada inicialmente con las personas cercanas: pareja, familia, amistades… y finalmente repercute en toda la sociedad. Esta desvinculación va acorde con los esquemas neoliberales, donde la premisa central es la competencia a toda costa, lo que afecta el tejido social y propone por encima de todo… el individualismo.
Históricamente ha habido respuestas distintas ante las tecnologías; pensemos en un invento que revolucionó las comunicaciones a mediados del pasado siglo: la televisión, cuyo origen estuvo en la investigación científica y técnica y cuyo poder fue tan significativo, por sus peculiaridades como medio electrónico, que alteró nuestras percepciones básicas de la realidad, y por lo tanto nuestras relaciones sociales personales y con el mundo (Williams, R.; 1996: 156). Williams añade, refiriéndose a las tecnologías, que “…las comunicaciones son siempre una forma de relación social, y los sistemas de comunicaciones deben considerarse (…) instituciones sociales.” (Williams, R.; 1992: 183) De ahí el dominio que adquieren en las interacciones de las comunidades.
Hasta hace solo unas décadas no existían conceptos como: Internet, correo electrónico, móviles o teléfonos celulares, mensajes de texto, digitalización, cámaras digitales, transmisión digital de voz, juegos de video, reproducción de archivos musicales, bluetooth, GPS, banda ancha... y por supuesto las 30 o 40 redes sociales que hoy coexisten y se han convertido en todo un acontecimiento extraordinario. Esta tecnología ha impactado directamente en la forma como nos relacionamos con las personas y se han convertido hasta en un problema social del cual todavía no conocemos sus reales dimensiones, sin embargo, ya se habla de que generan adicciones y se han hecho investigaciones al respecto. La escritora Catherine Price (2018) reporta que en Estados Unidos:
1.- Las personas miran sus teléfonos unas 47 veces al día, y la población entre 18 y 24 años, lo hace unas 82 ocasiones. 2.- En promedio, las personas usan sus teléfonos más de 4 horas por día, lo que se traduce en 28 horas por semana, 112 por mes, 56 días al año. 3.- El 80% de las personas mira el teléfono dentro de los primeros 30 minutos tras despertarse. 4.- Si alguien lo último que hace al acostarse y lo primero que hace al levantarse es mirar su teléfono, es recomendable revisar la relación con su teléfono móvil. 5.- Más del 50% mira el teléfono a media noche en la obscuridad; cifra que sube al 75% entre las personas de 25 a 34 años. 6.- Más del 80% de las personas asegura que tiene sus teléfonos cerca “casi todo el tiempo” de sus horas al estar despiertas/despiertos. 7.- Cinco de cada 10 no se imagina la vida sin su teléfono móvil. (2018: 7-9) Y quién no se ha incomodado cuando está platicando con una persona y esta no deja de observar su celular y con una gran sonrisa dice “no te molestes si te estoy haciendo caso, sígueme diciendo” y continúa revisando sus mensajes. También sabemos de familias que “enchufan” al bebé a algún aparato para que se “divierta” y les deje hacer lo que necesita.
Ahora están presentes, quizá demasiado presentes, las redes sociales con toda su carga seductora y sus beneficios reales. Hay que hacer frente a este contexto para apropiarnos de todo este acervo tecnológico en nuestro beneficio como humanidad. Pero no hemos de olvidar poner límites y entre ello establecer barreras de protección a la niñez. La Asociación Americana de Pediatría (APA) recomienda que hasta los tres años de edad, no deberían estar en contacto con celulares, tabletas, computadoras y demás, porque primero hay que “enseñar al cerebro” a pensar, a prestar atención, a desarrollar la imaginación, a crear… pues el contacto con los aparatos electrónicos que producen sonidos, imágenes, espectros espectaculares puede hacer que la niñez haga comparaciones y considere como “cosas lentas” a un libro, un pizarrón, una profesora dando una clase. Después ¿cómo lograr que se interese por esos elementos tan básicos?
Álvaro Bilbao, neuropsicólogo infantil, refuerza lo anterior y señala que “la niñez debe pasar los seis primeros años de su vida sin tecnología” y que genios de esta materia como Steve Jobs, Bill Gates y otros, impidieron que sus hijas/hijos usaran tecnologías, unos hasta después de los 10 años y otros hasta los 14. Sería interesante revisar nuestra relación con estos aparatos, ello incluiría:
En la medida de lo posible apagar todos los foquitos rojos cercanos al lugar donde se duerme, además de ser un gasto de luz, obstaculiza lograr el sueño profundo y mantiene en alerta. Hacer tratos verbales familiares que impidan celulares al tomar alimentos. Buscar momentos placenteros: caminar observando las nubes, los colores del cielo, jugar con las mascotas, escuchar el gorjeo de los pájaros (que todavía hay). Platicar con una persona real: pareja, familiar, vecino, amistad o simplemente dejar que la mente vague… tener cerca un libro de papel, verlo, olerlo, concentrarse en algo no tecnológico. No buscar la aprobación de miles de “amigos” (seguidores) que quizá no existen o no como han hecho creer, a partir de sus perfiles que pueden ser ficticios. Valdría la pena hacer un “paréntesis” y no revisar las redes sociales, primero por unos minutos, unas horas, unos días… En fin, se trata de recuperar las relaciones personales y tomar el control sobre las redes sociales, para que realmente sean eso: vínculos con personas reales con quienes construir lazos y redes humanas reales. ¿Podrías atreverte a probar?

Referencias:
Price, Catherine (2018). Guía práctica para desintoxicarse de la adicción al teléfono celular en 30 días.
https://www.infobae.com/america/tecno/2018/02/27/como-hacer-que-el-smarthpone-deje-de-dominarnos-y-aprender-a-usarlo-en-nuestro-beneficio/
Williams, Raymond. “La tecnología y la sociedad” en Los lenguajes de la comunicación y la cultura en (la) crisis. Revista Causas y Azares. Año III Número 4. Invierno 1996. Buenos Aires, Argentina.
Williams, Raymond (1992). Historia de la comunicación. Vol. 2. De la imprenta a nuestros días. Bosch Casa Editorial. Barcelona.

 

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