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05 May
El arte de espiar
Escrito por Javier Gonz√°lez
Leído 8413 veces | Publicado en Aquí se escribe tu historia
 
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Director General
Facebook-México
P r e s e n t e.-

Clausuraron mi cuenta de féisbuk por publicar contenido inapropiado. Sospecho que mi ex suegra me denunció y me da gusto, al fin sabe que soy pulcro y elegante para despedirme. Mi única mala acción fue denunciar la infidelidad de su hija, Nadia, quien es hoy mi ex esposa, lo cual es el resultado de una investigación digna, no como las de esos programas televisivos donde lo central es el pleito entre integrantes de triángulos amorosos.

Lo mío fue un seguimiento cabal de los pasos de Nadia en el submundo de la infidelidad, una manera de resarcir los daños morales contra mi persona. Un hombre de su talla y entendimiento, señor director, podrá simpatizar con una causa como la mía.


Cuando noté que Nadia se comportaba como una extraña puse más atención a sus amigos, todos compañeros de trabajo. Si ella era invitada a una de sus reuniones, yo me ofrecía para tomarles fotos grupales y a veces iba al baño, haciéndome el perdidizo por un rato. Posteriormente, regresaba a hurtadillas y espiaba su comportamiento. Mi objetivo era pescarla en sus predilecciones; ver quiénes podían ser candidatos a sus querencias. No pude asistir a todas las reuniones, pero al cabo de dos meses participé en seis de ellas, de las cuales deduje que Horacio y Bernardo eran los posibles “sanchos”. Ambos manifestaban intereses similares a los de Nadia, y eran adeptos a su ácido sentido del humor; también corrían por las mañanas, al igual que mi ex y vivían en colonias cercanas a la nuestra.


Los tenía de amigos en el féis. Los estudié de cerca, “estalkié” sus cuentas en esos dos meses que Nadia se mostró distinta en la cama. Por ejemplo, me pedía posturas relegadas a los juegos en cuartos de hotel, durante las vacaciones. Era menos cariñosa en el trato, se ausentaba en las charlas de sobremesa, fingía malestares para evadir mis erecciones y al mismo tiempo, se acostaba con mi reemplazo. Algunas mujeres aman tanto a su hombre que, para no gastarlo, usan otro. Quizás por ello, en una ocasión, percibí un olor varonil al rozar su mejilla, pero ya no me importó indagar en esa pista porque, finalmente, Nadia se delató al postear unas fotos de las reuniones a las cuales no fui. No era como si su amante apareciera en todas, sino lo contrario. En cada una de ellas brillaba la ausencia que señalaba al elegido.


Una mañana me despertó el portazo que dio Nadia al salir rumbo al parque. Mi instinto digital me orilló a revisar las noticias del féisbuk. Antes consideré ridícula a la gente que anunciaba en sus muros los lugares a donde iba, pero ahora aplaudo esa forma de exhibicionismo. Es un magnífico obsequio para quienes disfrutamos el arte de investigar a nuestras esposas. El bruto de Horacio me regaló su cabeza en un posteo marcado por la mercadotecnia: “Just do it. Me voy a correr al Parque España”. El mismo parque donde Nadia corría treinta minutos, cuatro veces por semana. Casi se me cayó el “smart” de las manos por la sorpresa y la oportunidad frente a mi. Me levanté en chinga, con el pantalón deportivo que uso como piyama, me metí en unos tenis viejos y, cámara en mano, me lancé al parque.


Soy aficionado a la fotografía y el video desde hace veinte años. Exhibo los resultados de mi afición en las redes sociales. (Aplauso por quienes exponemos miserias que no merecen ni un like). Un par de arbustos más la horda de supuestos deportistas que pasean a sus perros cada mañana, me permitieron grabar algunas escenas del calentamiento de los libertinos: cuadros donde se observa a Horacio estirándole las piernas a mi esposa sobre el pasto y viceversa, luego otros en que se intercambian besos cariñosos y caricias inapropiadas para un lugar público. Los seguí a una distancia prudente, mientras daban vueltas al parque. Así pude añadir la escena donde, de vez en cuando, Horacio nalguea a Nadia y viceversa. (Sorprender a tu esposa palmeando el sobrepeso de su amante no tiene precio). Y agregué otra de un momento en que les faltó el aire y se detuvieron a darse respiración de boca a boca, y de lengua a lengua.


Cuando obtuve los cuadros suficientes volví a casa, a la velocidad de un correcaminos. Llegué tosiendo, como si los pulmones quisieran fugarse de mi pecho, pero justo a tiempo para preparar mi laptop, accionar el programa de captura de video, conectar la cámara web y disimularla entre un montón de ropa, desacomodada adrede.


Nadia regresó sudorosa, pero sin un ápice de fatiga o agitación. En mis últimos coitos con ella percibí que disfrutaba hacerlo con la culpa a cuestas. Nadie mejor que yo sabe que Nadia ama el sexo culposo y el apareo por lástima. De modo que me le planté enfrente y le disparé una mirada tipo “me gustas toda tú”. Y tal vez haya elucubrado un gesto estilo “muero por ser el destinatario de tus caricias y tesoros más profundos”. Ella comprendió al instante, no la dejaría irse a trabajar sin obsequiarle un orgasmo. Al besarla no opuso resistencia. Venía calientita después de la corrida en el parque. Apenas alcanzó a decir “estoy muy sudada” cuando ya le había jambado los calzoncitos. “Con doble sudor te bañarás más a gusto”, respondí. Lo demás, señor director, usted mismo pudo constatarlo en el video. Como verá, era imprescindible colgar ese contenido en el así llamado “caralibro”, aunque editado, por supuesto, pues se sabe, un video con más de tres minutos de duración aburre a los usuarios.


Si etiqueté a Horacio esa misma tarde fue porque quise que viera el atuendo deportivo de Nadia, y supiera así que fui yo el beneficiario de la calentura inaugurada por él. Ahora sí puede decirse que Horacio conoce a mi ex esposa en las buenas y en las malas. También etiqueté a los amigos de ambos. Por fuentes no oficiales me enteré de que ellos alcahueteaban sus amoríos, incluso en las fiestas y reuniones a las que asistí.


Por todo lo anterior, señor director, acudo a usted para solicitar su indulto, disculpándome por el comportamiento errático y obsceno presentado por mi en la red social que acertadamente dirige.


Se despide de usted,

Romeo Desquiciado
P.D. Si le es posible, regréseme la cuenta sin opciones de “estado civil”.

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