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01 May
Descerebrados por la gula
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Leído 4003 veces | Publicado en Aquí se escribe tu historia
 
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Usaban la boca con obstinación. Evitaban meter las manos. Deponían cualquiera otra extremidad que mancillara sus afanes de pureza. Veneraban el orificio corporal más importante: el hoyo dentado que los mantenía vivos, dotado con una extensión lingual para paladear las zonas más recónditas.

Habría que imaginarlos en su afición a desvestirse con los dientes, verlos desabotonándose los pantalones, deshaciéndose de la ropa con soltura labial; luego, el intercambio de mordiscos contenidos, algunos de ellos prodigados suavemente en los sexos para catar sus pulpas membranosas. Extraordinarias las peripecias lingüísticas que orquestaban con tal de acceder a los jugos de sus múltiples excitaciones. Ése era su secreto, y acaso su presea más valiosa: se conservaban vírgenes. Aterrizaron de blanco en el matrimonio y postergaban, desde hacía casi cinco años, cualquier tipo de penetración. Orgullosos de su hazaña, y enfrascados en ritos bucales que les arrebataban gemidos límpidos, gozaban de orgasmos pudorosos, lentos, endulzados por la noción del secreto que compartían, con morbosidad, a veces entre una clase y otra, texteándose frases pasmosas, metáforas bucales del placer.


No perdían la compostura. Rumbo al salón, cada uno por su lado, eran presos de estímulos verbales y recuerdos besucones. Se alisaban la sonrisa antes de dar la cara a sus alumnos, acomodándose la seriedad en los labios como un uniforme docente: amaban la enseñanza. El fervor con que dictaban sus cátedras era retribuido, en ocasiones, con manzanas rojas al final de cada mes. Como maestros de primaria estaban acostumbrados a predecibles obsequios frutales de sus pupilos. Por eso resintieron el cambio: la tarde en que, al final de la clase, ella recibió una manzana amarilla. El desequilibrio estaba claro: ella, la amarilla; él, la roja. Desde entonces, en la penumbra nupcial, su prístino secreto se tambalea noche tras noche.

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