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05 May
Frases con las que debes reconocer que no quieres dejar una mala relación
Leído 2489 veces | Publicado en ¿Sabías qué...?
 
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Él y yo teníamos una relación increíble. Vivíamos enamorados de las mejores cualidades de cada uno, pero también de nuestros defectos; para nosotros cada día era una aventura nueva que no sabíamos en qué terminaría. Él me ayudó a salir de un agujero negro en el que permanecí por mucho tiempo. Su luz creó un espacio en el que coexistíamos felices y perfectos. Cada mañana me daba un beso sabor a café que endulzaba mi día. Por las tardes me azucaraba el momento con caramelos y por las noches embriagaba mi conciencia con su lengua.


Mantuvimos nuestra relación llena de risas, besos y gemidos, hasta que pasó lo impensable: me harté. Mi amor por él iba en picada con una velocidad increíble. Cada minuto sentía que necesitaba un descanso de tanto cariño y su presencia me causaba ansiedad.

Una ocasión fingí estar enferma, otra culpé a mi mejor amiga de haberme visitado de sorpresa. Un martes desaparecí por unas horas y al final le gritoneé en el rostro que no quería verlo más. Su gesto de decepción ha sido lo peor que he visto en la vida entera; a pesar de todo, me dio unos días y volvió con toda la disposición para comenzar desde cero.


Los días pasaban lentamente y yo seguía mandando todo a la basura, mientras, él me decía lo bella que le parecía. La realidad es que sólo seguía a su lado porque alimentaba mi ego y me daba razones para convertir mis días en los mejores. Por desgracia, eso no logró que me volviera a enamorar de él. Nuestra relación no era más que una burla a su amor propio y a mi calidad de ser humano, pero él nunca lo quiso aceptar.

Sus amigos notaban mi indiferencia y su interés en continuar; todos le sugerían que dejara a la novia psycho atrás. Él siempre contestaba “no la culpes, se enoja porque está estressada”, aunque me viera completamente relajada luego de un domingo de descanso. Lo cierto es que él me estresaba, su simple presencia me causaba dolor de cabeza.


Muchas veces “se culpó a sí mismo” por mis desórdenes. Cuando me llamaba, no atendía; entonces él suponía que había hecho algo a lo largo del día que me había molestado, aunque en realidad solamente me causaba conflicto tener que contestarle. Luego de un par de llamadas, me disponía a coger el teléfono y le decía que ser tan insistente era una manía que yo no podía soportar. Así que terminaba diciéndose a sí mismo ““no me está criticando, sólo me hace ver mis errores”.

Aunque yo pareciera una bruja con corazón de piedra, me sentía mal de hacerle tantos desaires; así que de vez en cuando le ofrecía disculpas y me comportaba como una novia normal. “Sé que no lo haces a propósito”, era su respuesta a mis disculpas y el previo a una sesión de besos que yo terminaba arruinando con mi notoria cara de aburrimiento. Una noche se armó de valor y me enfrentó, por supuesto que la situación tomó un rumbo distinto al que él planeaba, recuerdo que terminó diciéndome “Perdón, creo que exageré todo”. Una vez más mis desplantes lo convencieron de ser el egoísta en nuestra relación.


Poco a poco se dio cuenta de que algo no iba bien y por ello se propuso algo imposible: “Yo voy a hacer que cambies”, me dijo varias veces. Lógicamente eso nunca pasó. Cualquier transformación surge de uno mismo y si no se está dispuesto a mejorar, nadie logrará que eso suceda. A pesar de todo, él no se daba por vencido; aunque debo aceptar que poco a poco su interés disminuía. Todos los días mi novio se esforzaba por creer lo que él mismo se repetía: “Todo lo bueno cuesta trabajo”.

Yo misma pensé en algún momento: “Maduraremos juntos y todo mejorará”, pero al igual que el cambio, mejorar es un asunto personal. Si creces, tal vez la pareja crezca contigo, pero no es una obligación y en muchos casos, ni siquiera un deseo. Con nosotros pasaba exactamente eso: mi falta de interés, la monotonía y el nulo compromiso de mi parte eran tan evidentes que ni él ni nadie iban a conseguir que la relación funcionara. Nos hundíamos poco a poco. Finalmente nos dejamos de hablar, la comunicación ya fallaba desde antes pero ahora éramos netamente conscientes de que estábamos distanciados; siendo sincera, yo comenzaba a resentir su ausencia, sentimiento que él empezó a disfrutar.


Terminamos. Él se encargó de decirle a todo el mundo “El amor no existe”. Por mi culpa y una mala experiencia se creyó esa idea de que el amor sólo existe en el cine y la literatura. Por mi parte, decidí cambiar muy tarde y hasta ahora me arrepiento de ello.

Si en tu relación vives situaciones similares o te identificas con estas u otras frases parecidas, es momento de actuar y ver en qué estado se encuentra tu noviazgo. No permitas que pensamientos así terminen por destruir algo que empezó con la intención de unirte a alguien para hacerte feliz


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