28 Feb
Guerra de cerebros
Escrito por Infidelidad
Leído 5876 veces | Publicado en Estudios
 
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Por: Verónica Guerra y Feggy Ostrosky (Directoria del Lab. De Neuropsicología de la Fac de Psicología de la UNAM)

 

Todos hemos escuchado que las niñas, en promedio, son superiores en talento verbal y motor fino, mientras que la generalidad de los niños tienen mayor habilidad en funciones espaciales y motor grueso… que el sistema de pensamiento masculino es lineal y el femenino es disperso… que son características masculinas la agresividad y el pensamiento lógico-matemático, y que son inherentes a la mujer la pasividad, la emotividad y las relaciones humanas. 

 

Como estas, existen docenas de diferenciaciones entre hombres y mujeres que no tendrían nada de partículas si no se utilizan como instrumentos para asignar y mantener roles específicos que solamente nos han llevado a una guerra de cerebros.

 

Los tiempos han cambiado desde el inicio del movimiento de liberación femenina en los años 60 y 70, cuando se afirmaba que las diferencias sexuales solo eran resultado de la cultura. Años después se dio un giro extremo, cuando posteriores descubrimientos elevaron esas diferencias a la categoría de “improntas” biológicas.

 

Ahora se sabe que la influencia es multifactorial. Si bien no puede descartarse la profunda importancia que tiene la carga cultural, hombres y mujeres efectivamente son diferentes desde la concepción, y estas diferencias se manifiestan en todos los sistemas corporales y cerebrales.

 

Incluso antes de nacer, las hormonas empiezan a conectar el cerebro de cada sexo biológico de forma distinta, lo que moldeará no solo sus respectivas habilidades, sino también algunas de sus conductas y respuestas, y aun la frecuencia y el tipo el tipo de enfermedades de cada uno. ¿Significa esto que existe la supremacía de un sexo sobre otro?

 

El órgano sexual más importante

 

El Doctor David Barrios, sexólogo clínico y director del centro Caleidoscopia, explica que la propia palabra “sexo” viene del latín sectum, que significa “dividir, partir en dos”. El sexo cerebral es preponderante entre los niveles del sexo reconocidos generalmente para señalar las diferencias –en forma y función- entre hembra y macho. “los otros niveles son sexo génico, cromosómico, gonadal, hormonal, órganos sexuales pélvicos, tanto externos como internos, y caracteres sexuales secundarios”.

 

El cerebro es asiento de nuestras percepciones, emociones, pensamientos, deseos… conocerlo más a fondo ha sido posible gracias al avance de la ciencia en general, y de las neurociencias, en particular. En los últimos 30 años su estudio ha sido exponencial, principalmente por el desarrollo de nuevas tecnologías como la resonancia magnético funcional (fMRI) y la tomografía por emisión de positrones (PET).

 

El neurofisiólogo Jaime Roman, director de la empresa Neuromarketing, indica que se ha descubierto que el cerebro del hombre es ligeramente más grande y pesado que el femenino, aunque esto no significa que por ello sea más inteligente. También hay diferencias en la forma como están conectados. Así, las mujeres tienen más sinapsis, las uniones entre neuronas que permiten que estas se comuniquen entre sí, y que a través de la formación de redes neuronales son la base del pensamiento y el aprendizaje. En correspondencia, los hombres tienen más axones, que son las finas prolongaciones de las neuronas, cuya función es conducir los impulsos eléctricos hacia afuera del cuerpo celular. “esto implica, en cierta medida, por qué las mujeres procesan la información de forma diferente que los hombres, en el sentido de que ellas tienen pensamiento en paralelo y pueden hacer muchas cosas a la vez”, refiere. Aunque en términos generales, cada sexo tiende a sobresalir en diferentes funciones cognitivas.

 

Cuestión de hemisferios

 

Hace más de 40 años comenzaron a realizarse experimentos que condujeron al descubrimiento de que existen diferencias intelectuales en la manera como ambos sexos resuelven los problemas.

 

Cada cerebro tiene dos mitades o hemisferios conectados por medio de una serie de fibras llamadas “cuerpo calloso”. Cada mitad controla los movimientos del lado opuesto del cuerpo; así el movimiento de la mano derecha depende de los impulsos enviados desde el hemisferio izquierdo del cerebro.

 

Esa estructura, particularmente en una región que se llama la “rodilla del cuerpo calloso”, permite el intercambio de sinapsis o comunicación interneuronal”, explica el doctor David Barrios. “Y está más que demostrado que en las hembras de mamíferos y en las mujeres de nuestra especie, la cantidad de sinapsis es más intensa en la rodilla, porque esta es más grande”. En consecuencia, la mayoría de las mujeres tienen un funcionamiento más bihemisférico, más total, donde los aspectos cognoscitivos, intelectuales, emocionales y afectivos, se combinan mejor. Desde esta perspectiva, considera lo siguiente: “podríamos decir que el cerebro femenino es más completo, por lo tanto más complejo, pues hay mayor comunicación”.

 

En términos biológicos generales, la mayor bilateralidad en el cerebro femenino implica que algunas funciones están más distribuidas en ambos hemisferios. Así, cuando una mujer realiza una tarea que puede ser tan sencilla como mover el pulgar, la actividad de sus neuronas ocupa un área extensa del cerebro.

 

Además, la región frontal –la parte del cerebro que se ocupa de la toma de decisiones y de las responsabilidades- parece estar más desarrollada en las mujeres. “Mayoritariamente, las mujeres son capaces de apreciar un problema y resolverlo de manera práctica. Aunque socialmente se dice que los hombres somos prácticos y vamos al grano, esto es cierto en el sentido cognitivo, pero no lo es desde el punto de vista de tomar decisiones importantes. Parece ser que la mayor parte de las mujeres decide más”, destaca el doctor Barrios. ¿Un punto para ellas?

 

No tan rápido. En términos cognitivos, los hombres exhiben un pensamiento lineal, debido a que en la zona inferior del lóbulo parietal, un área relacionada con las sensaciones y el procesamiento visual de la información, los hombres tienen un poco más conexiones en el lado izquierdo, que es más analítico y de proceso serial, mientras que las mujeres tiene más desarrollada la parte correspondiente al hemisferio derecho, que es más sintético. Esta es la razón de que las mujeres procesen la información de manera más holística (integral), y los hombres en forma más específica.

 

Similarmente, muchos estudios han indicado que los varones suelen tener buenos resultados en todo lo que tenga que ver con el “dominio del espacio”, o en la habilidad de visualizar y manipular objetos y trayectorias en el tiempo y las tres dimensiones espaciales. Por su estructura cerebral, en los hombres también están más desarrolladas las habilidades relacionadas con las matemáticas, la música y el análisis no verbal. ¿Una victoria para el cerebro masculino?

 

Investigaciones realizadas en 2008 hallaron diferencias según el sexo en la habilidad de toral objetos mentalmente, en bebés de apenas tres meses. Empero, neurobiólogos del Hospital Infantil Universitario de Zurich, Suiza, descubrieron que aunque esta diferencia es muy pequeña entre los infantes de ambos sexos, aumenta con la edad, lo que hace pensar que puede existir, de nuevo, una fuerte influencia social, pues en los niños se favorece más la inclinación hacia actividades que requieren entrenamiento visuoespacial, como el tiro al blanco, o los juegos y videojuegos que implican conducir autos, bicicletas, o cualquier otro vehículo real o virtual.

 

El sexto sentido

 

Análogamente, tenemos la cuestión de la comunicación verbal femenina, a la que se alude hasta el cansancio, en muchas ocasiones como popular materia prima de chistes… y que es una gran verdad. Desde pequeñas, las mujeres suelen superar a los niños en casi todas las áreas del lenguaje, incluyendo lectoescritura, y esta característica puede continuar a lo largo de la vida, aunque la discrepancia entre hombres y mujeres no es tan grande como se nos ha hecho pensar, y también puede variar con la edad y la influencia cultural. “Es claro que las niñas hablan más rápido y mejor que los niños”, refiere el doctor Barrios. Sin embargo, agrega que después de la pubertad se detiene el desarrollo de las mujeres, y esto es por una condicionante cultural. En adelante, los hombres pueden empatar esa habilidad verbal e incluso ampliarla, pues los estímulos ambientales de esta sociedad favorecen más a los varones que a las mujeres.

 

En términos biológicos, el rasgo femenino de contar con una mayor habilidad comunicativa se relaciona con sus áreas cerebrales de Broca y de Wernicke, especializadas en el lenguaje. Por su parte, la característica masculina de apoyarse más en el hemisferio izquierdo –responsable del dominio del lenguaje- hace que los hombres sean más propensos a desarrollar afasia (un trastorno del lenguaje) cuando sufren un problema en ese hemisferio.

 

Con todo, es probable que las batallas más duras no se efectúen en el campo cognitivo. Por ejemplo, existen diferencias sexuales en la organización de la retina, la cóclea –situada en el oído interno- y el sistema nervioso autónomo, más complejos en las mujeres, lo que repercute en la “fineza” de sus percepciones. En 2006, la doctora Janice Juraska, de la Universidad de Illinois, presentó una investigación donde indica que las niñas adquieren la visión binocular –relacionada con la profundidad de campo- a una edad mucho más temprana que los niños, y que la corteza visual parece organizarse de manera fundamentalmente distintas en los unos que en las otras.

 

No es un secreto que las mujeres de todas las edades superan a los hombres en las pruebas que exigen el reconocimiento de emociones o de relaciones interpersonales. Según un estudio efectuado en 2004 por neurobiólogos de la Universidad de California, al recordar escenas emotivas, la amígdala izquierda femenina – un área muy primitiva del cerebro y sitio de las emociones., se activa más que la derecha, mientras que en los varones sucede lo contrario, lo que favorece en ellas la comunicación y el lenguaje. En contraposición, la actividad neuronal en los hombres ocurre en regiones muy localizadas, con las emociones en el hemisferio derecho y el lenguaje en el hemisferio izquierdo. Esta organización afecta la capacidad de los varones para expresar verbalmente sus emociones.

 

El femenino fue investigado por Deborah Yurgelun-Todd y sus colegas de la Universidad de Harvard. Tas examinar con resonancia magnética el cerebro de niños y niñas de entre 7 y 17 años, y la forma como procesaban las emociones negativas, en los más pequeños encontraron que la parte del cerebro relacionada con el habla, en la corteza cerebral, tenía pocas conexiones directas con la amígdala. Lo notable fue que, en el grupo de adolescentes, cuando una mayor fracción de la actividad cerebral asociada con las emociones negativas supuestamente se traslada a la corteza cerebral, los científicos solo observaron este cambio en las mujeres. En los jóvenes varones, la actividad cerebral asociada con las emociones negativas continúo vinculada con la amígdala, sin presentarse ningún cambio asociado con la maduración. Por eso, mientras que una chica de 17 años puede explicarnos más claramente por qué se siente afligida, intentar obtener la misma respuesta de un adolescente varón podría ser tan frustrante como preguntárselo a un niño de siete años.

 

La cultura nos aparta

 

Al margen de lo estrictamente biológico, esto tampoco descarta el entorno socio cultural. Socialmente nadie se asusta si una mujer tiene contacto con un sentimiento y lo expresa pero si lo hace un hombre, suele recibir una reacción adversa. “En pleno siglo XXI, la consigna de ‘los hombres no lloran’ desafortunadamente sigue siendo válida para muchos machos”, comenta Barrios, y es solo otro ejemplo de cómo lo social refuerza la estructura biológica, haciendo perder a ambos sexos.

 

Estudios de la Universidad de Iowa ilustran cuán difícil es separar naturaleza de cultura. En 2008 encontraron que una subdivisión de la corteza prefrontal ventral –un área que participa en el conocimiento social y el juicio interpersonal- era proporcionalmente mayor en mujeres adultas, en comparación con los hombres, y además su tamaño se correlacionaba con los resultados de una prueba común sobre cognición social, de manera que quienes tenían puntuaciones mayores en conciencia interpersonal, también tenían esa área más desarrollada. Al repetir el estudio en niños y niñas de entre 7 y 17 años, curiosamente observaron que la relación entre el tamaño del área y la percepción social no parecía diferir tanto entre los sexos, sino mas bien según el frado de feminidad o masculinidad de los participantes. Esto es, que las mujeres relativamente menos femeninas presentaban un área correspondientemente menor, en comparación con mujeres más femeninas, y lo mismo se aplicaba a los varones.

 

Los hombres suelen perder el contacto con las emociones por el refuerzo social, explica el doctor Barrios. Una de las consecuencias más comunes que advierte en sus terapias es que las mujeres se quejan de que sus parejas masculinas son muy inexpresivas, no hablan, o no comunican lo que sienten por ellas. Y posiblemente sea también una de las razones que inició la guerra de cerebros: la percepción de que los hombres y las mujeres vivimos en mundos diferentes; el masculino en un mundo de cosas y espacios, y el femenino, un mundo de gente y relaciones.

 

Tal vez no sean en realidad dos mundos antagónicos, pero lo cierto es que la psicología femenina, por sus bases biológicas, efectivamente es mucho más panorámica y global. “Los hombres nos vamos al bulto, como a lo evidente, a lo que se nota, porque neurológicamente hablando somos visuales; las mujeres son más intuitivas, y este es de los pocos mitos femeninos que son reales”, agrega Barrios.

 

Esta característica permite a las féminas deducir cosas que los hombres no ven. Por ejemplo, cuando una pareja heterosexual llega a una fiesta, ambos miran a una serie de personas, pero no “observan” lo mismo. El hombre puede ver que aquí está su amigo, que allá está su compadre y que hay otros conocidos; o que uno de ellos viene sin pareja. En contraste, la mujer observará que a menganito le queda chico el traje, o notará que zutanita y perenganito intercambian miradas que sugerían algo más allá de una simple amistad, o que fulanito llegó solo porque probablemente tuvo un lío conyugal y ahora anda en busca de otra pareja. “ese tipo de cosas, que generalmente resultan ciertas, pueden ser apreciadas de manera muy sencilla por las mujeres, debido a su visión más global y su psicología más universal”, refiere Barrios. Con todo, agrega que igualmente hay hombres casi tan intuitivos como las mujeres, pero son excepciones.

 

Hormonas en el coctel

 

En las diferencias cerebrales, hay un factor importantísimo: las hormonas. Estas sustancias, producidas por células o por glándulas endocrinas del cuerpo, envían mensajes cuyos efectos comprenden la estimulación o inhibición del crecimiento, los cambios de humor, la modulación de las defensas inmunológicas, la regulación del metabolismo y, desde luego, todo lo relacionado con el sexo, desde preparar el cuerpo para la pubertad hasta controlar el ciclo reproductivo, el embarazo y la lactancia en las mujeres, así como allanar el camino de la cópula en ambos sexos.

 

Desde la etapa prenatal hasta la adolescencia, siempre se producirá una gran fluctuación de hormonas, provocando variaciones biológicas de nuestra masculinidad o femineidad, condicionamiento y también en la estructura cerebral.

 

Hacia la sexta semana de gestación, cuando el embrión se ha definido como masculino, entra en operación la testosterona, que primero desarrolla un par de testículos. Cuando estos comienzan a funcionar, bombean más testosterona, lo que permite la aparición del pene. En contraste, si el embrión es niña, la ausencia de una hormona llamada antimulleriana permite el desarrollo de los órganos reproductores femeninos, y a la semana 16 aparecen los primeros folículos ováricos, cuya maduración es impulsada por la hormona estradiol, producida en los ovarios fetales.

 

Unos 13 años después se inicia la liberación de gonadotropina, que a su vez desata un torrente de hormonas sexuales como estrógeno y testosterona, respectivamente en ovarios y testículos. Así empieza la pubertad, crecen los senos y aparece la menstruación en las niñas, y el vello facial, el desarrollo muscular y la producción de espermatozoides en los niños. Pero también se acentúan las diferencias cerebrales.

 

Aunque ambos sexos tienen las mismas hormonas –en diferente proporción- en el hipotálamo, la hipófisis y las gónadas, se sabe que en el cerebro de los hombres hay más receptores de andrógenos (hormonas masculinas) que en las mujeres, señala el doctor Barrios. Esta influencia hormonal sobre los receptores de cada hormona, así como sobre el sistema nervioso, es importante en varios sentidos. Por ejemplo, favorece conductas más emotivas en las mujeres, y más agresivas en los hombres, sin que esto signifique que ellos necesariamente sean violentos.

 

Un hombre adulto produce diario, en promedio, de seis a ocho miligramos de testosterona; una mujer adulta produce medio miligramo. Sin embargo, en condiciones naturales, la utilización por parte de ambos sexos es igualmente eficaz. “Lo que ocurre es que la mayor cantidad de receptores masculinos, más el refuerzo de la cultura, promueve que los hombres seamos más hostiles, por momentos más agresivos, y que además propendamos más al afán de encuentros sexuales o poligamia”, indica Barrios. Esto no significa que las mujeres no puedan ser poliándricas, pero esta conducta suele ser más común entre los hombres, tal vez por causas de selección natural. Los antropólogos evolutivos sugieren que, bajo una perspectiva biológica, los varones tienen más probabilidades que las mujeres de buscar sexo extramarital, en parte debido a la urgencia masculina de “diseminar sus genes”, mientras que, para ellas, hacerlo podría poner en riesgo el bienestar de sus hijos.

 

Una hormona que últimamente ha despertado curiosidad es la oxitocina, presente tanto en hombres como en mujeres, y cuya influencia se piensa que contribuye al enamoramiento, al amor por los hijos, además de tener una importante participación en el organismo. Durante el embarazo y la lactancia alcanza niveles particularmente altos, reforzando los lazos entre madre e hijo, y también se ha sugerido que influye en la habilidad femenina para interpretar las claves sociales.

 

Se ha observado que la oxitocina favorece más el apego en las mujeres que en los hombres. Barrios recuerda que ya Francesco Alberoni escribía que mientras que los hombres propenden a relaciones de pareja discontinuas, las mujeres prefieren relaciones continuas, y esto podría vincularse con el sexo cerebral u la oxitocina. “Con esto me refiero a que a los hombres nos gusta estar en pareja, pero luego separarnos tantito y regresar; es decir, nos desapegamos”, señala. Las mujeres se angustian con ello, pues lo interpretan como desinterés.

 

Finalmente, la variación hormonal afecta la capacidad cognitiva tanto en hombres como en mujeres. Hay evidencias de que la habilidad espacial puede variar en las mujeres mes con mes, conforme se modifican los niveles naturales de hormonas sexuales en el flujo sanguíneo.

 

En el frente erótico

 

En esta guerra de cerebros, el frente principal podría estar en el área relacionada con la sexualidad y la respuesta erótica. En principio, sabemos que la mujer, en términos generales, tiende a ser más romántica y a manejar la información en muchos niveles, mientras que el hombre, por su arquitectura cerebral, ve las cosas en forma más puntual y precisa. Por ejemplo, al observar una escena erótica, el hombre enseguida dirige la vista hacia los órganos sexuales, mientras que la mujer se concentra más en el aspecto emocional.

 

La influencia de la estructura cerebral es muy evidente en este tipo de respuesta. Por ejemplo, imágenes cerebrales tomadas por científicos de la Universidad Gwinnett de Georgia, en Estados Unidos, a un grupo de voluntarios masculinos, revelaron que cuando estos veían fotografías de mujeres con caderas pronunciadas, se les activaban partes cerebrales relacionadas con los centros de recompensa, incluyendo regiones asociadas con la respuesta a las drogas y el alcohol.

 

No menos importantes son el influjo social, cultural y las historias de vida individuales. Tras haber hecho tantas historias clínicas en sexología, Barrios afirma que hay muchos hombres que ni son tan enamoradizos, ni saben manejar, ni les interesa poner a funcionar la memoria o la capacidad musical o matemática. De igual forma, hay muchas mujeres que sí tienen varias parejas, o que son estupendas matemáticas y músicas.

 

Un acuerdo de paz

 

Aunque es cierto que hombres y mujeres difieren tanto genética como fisiológicamente, no debe pasarse por alto que existen diferencias psicológicas que dependen tanto de la historia biológica de la especie como de la división del trabajo –o los roles de género-, que datan de millones de años atrás.

 

Investigaciones recientes tienden a apuntar que el origen de algo eminentemente biológico alguna vez fue social. Así, cuando se dio históricamente la división del trabajo, el varón que se iba a la caza y más tarde a la conquista desarrolló atributos distintos a los que desarrolló la mujer al quedarse cuidando a otros. “Esto supone que históricamente los elementos sociales se incorporan al genoma, y ahora podríamos hablar de que hay diferencias que ya están integradas a la estructura del cerebro en forma y en función”, explica Barrios.

 

En otras palabras, coincide el doctor Jaime Romano, para que se produzca un cerebro de hombre o uno de mujer intervienen muchos factores, tanto genéticos como ambientales, entre los que, por supuesto, está la cultura.

 

Uno de los hallazgos de los últimos 20 años es que el cerebro es un órgano muy plástico, donde lo más importante es la creación de sinapsis, que tienen mucho que ver con los estímulos del ambiente, lo que se traduce en aprendizaje. En su libro Pink Brain Blue Brain, la neurocientífica Lise Eliot, de la Universidad Rosalind Franklin, sostiene que el cerebro infantil es tan maleable que puede grabar, amplificar o modificar las pequeñas diferencias que presenta en el momento del nacimiento, cuando la influencia de padres, maestros e iguales, refuerzan o reduce los estereotipos que la cultura favorece.

 

Afortunadamente somos distintos –vive la différence!- pero cuando nos dedicamos a hurgar en las divergencias, ponemos el énfasis en las pocas que encontramos. No existen características únicas en los cerebros de ninguno de los dos sexos que necesariamente limiten los alcances intelectuales ni las habilidades o capacidades de hombres y mujeres.

 

Al igual que el resto de nuestra genética, las características sexuales predisponen, pero no obligan.

 

Cerebro y respuesta sexual

 

En términos generales, la curva de la respuesta sexual humana contemporánea tiene seis fases:

 

1. Deseo. Ansiedad grata por experimentar placer. Este fenómeno subjetivo es fisiológicamente idéntico en hombres y mujeres, aunque nuestra cultura lo reprime en las mujeres.

 

2. Excitación. En ambos sexos se produce por la vasocongestión del área pélvica. En los hombres se registra como erección peniana y en las mujeres como lubricación vaginal.

 

3. Meseta. Este periodo es más corto en los hombres, puede originar eyaculación precoz, y puede o no incluir orgasmo. Se asocia con la ansiedad y según una teoría podría ser un vestigio biológico que tiene que ver con fecundar lo antes posible para reproducir la especie. Las mujeres tienen una meseta más prolongada, lo que requiere más tiempo y estímulo.

 

4. Orgasmo. Se caracteriza por contracciones involuntarias de la zona pélvica. Ambos sexos tienen igual capacidad física para sentir esta experiencia subjetiva.

 

5. Resolución. El organismo vuelve a su estado anterior a la excitación para entrar a la última fase. No hay diferencias notables entre varones y mujeres.

 

6. Periodo refractario. Es una fase de no respuesta, sin importar lo variado e intenso que sea un posterior estímulo sexual. En los hombres el proceso es fisiológico, tras la eyaculación, actúan varias hormonas, entre ellas la prostagilandina, que impiden al varón responder a un nuevo estimuloerótico. Puede durar desde minutos hasta varias horas. En las mujeres este periodo es más emocional, y más breve. Pronto están listas para un nuevo encuentro sexual.

 

Encuentra las diferencias

 

• Voz. El tono de voz de los hombres suele ser una octava de la escala musical más grave que en la mujeres. Cuando las mujeres se encuentran en el período del ciclo menstrual cercano a la ovulación, se inclinan por hombres con voz más grave, a quienes eligen para encuentros sexuales de corto plazo. Una razón podría ser que la anatomía de la laringe indique el nivel de testosterona, vinculada con la aptitud física.

 

• Comunicación verbal. En 30 años de estudios, la investigadora Deborah Tannen ha descubierto que, al comunicarse, los hombres inconscientemente se concentran en la jerarquía o en la competencia por el poder, mientras que las mujeres se orientan hacia las relaciones o círculos. Sin embargo, todas las conversaciones y relaciones reflejan una combinación de ambos factores, modulados de forma diferente en la comunicación verbal de hombres y mujeres.

 

• Vista. Los hombres suelen tener mayor habilidad para detectar objetos inusuales dentro de su campo de visión. No obstante, Ian Spence, de la Universidad de Toronto, demostró que, tras adiestrarse con un videojuego, esta habilidad visual en las féminas puede mejorar hasta el nivel masculino.

 

• Olfato. En 2006, la doctora Pamela Dalton, del Centro Monell en Filadelfia, presentó un estudio sugiriendo que, bajo ciertas circunstancias, el sentido olfativo de las mujeres puede ser 100,000 veces más sensible que el masculino.

 

• Oído. Las niñas nacen con un sentido auditivo más sensible que el de los niños, en particular para las frecuencias más altas, importantes para la discriminación del lenguaje. No obstante, el entrenamiento auditivo, común entre los músicos, puede llevar la habilidad masculina de discriminar sonidos hasta nuevos niveles.

 

• Tacto. Las mujeres son más hábiles para distinguir la forma de las cosas que tocan. Esto podría deberse, según un estudio publicado en The Journal of Neuroscience, a que las mujeres tienen dedos más pequeños y más sensibles, pues los receptores sensoriales de la piel (células de Merkel) se organizan en grupos más compactos.

 

• Emociones.los varones tienen más dificultades para distinguir señales emocionales, por ejemplo, entre tristeza y rechazo, o entre cordialidad y seducción. No obstante, algunos hombres tienen mucha habilidad para “leer” los mensajes emocionales, mientras que existen mujeres que encuentran difícil hacerlo.

 

• Estrés. Hombres y mujeres responden diferente ante el estrés. Ellos se vuelven antisociales bajo presión, ellas se muestran más amigables, dispuestas a participar en relaciones sociales y a cuidar de los demás.

 

• Celos. Los hombres sienten más celos por una infidelidad sexual que por una emocional, las mujeres sufren más por lo contrario. Esta diferencia podría tener causas evolutivas: los hombres desean asegurar su paternidad, y a las mujeres les preocupa más la lealtad masculina para mantener la seguridad de sus vástagos. Pero un estudio de la Universidad Estatal de Pensilvania sugiere que la diferencia podría deberse más a diferencias individuales de personalidad, construidas a partir de cada historia partículas, lo que indica que los factores psicológicos y culturales de las diferencias de género podría tener un papel más importante en los celos de los que se pensaba.

 

La respuesta sexual de hombres y mujeres durante cada fase varia, en parte por su anatomía, fisiología y cerebro sexual, pero también por influencia de la cultura.

 

Fuente: Revista Quo / Febrero 2011 

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