17 Ago
La ciencia que esconden los labios
Escrito por Infidelidad
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Por: Miguel Ángel Sabadell

 

Saludo, gesto afectivo, vínculo romántico o estímulo erótico, el beso constituye el primer contacto con la pareja y una fuente de información olfativa y táctil que permite evaluar si conviene ir más allá. 

Besos furtivos, lascivos, robados, tímidos, hambrientos… Besamos a plena luz del día y en lo más oscuro de la noche. Los damos ceremoniosos, afectivos, al aire, mortales y –como en los cuentos- de los que reviven princesas.

 

¿Cómo definir al beso? El médico Henry Gibbons (1808-1884) lo describió como “la yuxtaposición anatómica de dos músculos orbicularis oris en estado de contracción”.

 

El orbicularis oris u orbicular de los labios es el músculo esfínter o anillado que circunda la boca, se extiende hasta el mentón y discurre entre la nariz y el labio superior. Gracias a él, podemos hacer muchas cosas interesantes.

 

La descripción de Gibbons sin embargo no se parece a la del escritor galo Cyrano de Bergerac: “Un juramento que se hace tan cerca, un acuerdo que busca una ratificación, una exacta promesa, una ‘o’ rosa en la palabra amor, un secreto dicho no en el oído, sino en la boca”.

 

Nada mejor

 

De forma más prosaica, los estadounidenses daban su propia definición en una encuesta realizada por la casa de caramelos Smint: “mantequilla fundiéndose” o “sentirse golpeado por una ola”, según ellas; “como las vibraciones en un concierto” o “meter la canasta decisiva en la final del campeonato de basquetbol”, según ellos.

 

Para casi todo el mundo existen pocas cosas mejores que un buen beso, aunque hay muchos factores involucrados. “No es sólo el encuentro de unos labios con otros”, afirma Sarah Woodley, bióloga de la Universidad Duquense, en Pittsburgh. En esto coinciden las seguidoras de la sección femenina de la Unión Cristiana para la Templanza, que en 1901 lanzaron una campaña en Estados Unidos para informar de los peligros de besar en los labios. Su entusiasta intento de proselitismo, por supuesto, fracasó. Besarse gusta, aunque a la larga acaba siendo cansado.

 

En 1930, el experto en maquillaje de origen polaco Max Factor dejó de emplear a gente para probar la duración de sus lápices labiales. Los probadores se extenuaban, así que los reemplazó por una máquina que presionaba dos labios de goma una y otra vez.

 

Un tanto “sucio”

 

Probablemente alguna vez, a la mitad de un beso, has penado qué demonios estás haciendo. La verdad es que podría considerarse que es un poco asqueroso: con cada ‘besuqueo’, a la vez que intercambiamos una generosa cantidad de saliva, nos pasamos miles de colonias de bacterias; una excelente manera de propagar no sólo la gripe, sino la meningitis, el herpes y la mononucleosis. Entonces, ¿qué nos lleva a tener ese comportamiento? ¿El beso es instintivo o cultural? ¿Proporciona alguna ventaja evolutiva?

 

Para empezar, no todos los humanos se besan. A principios del siglo XX, el filólogo danés Kristoffer Nyrop describía tribus finesas cuyos miembros se bañaban juntos, pero consideraban el beso un contacto indecente. En 1987, el antropólogo Paul d’Enjoy reveló que en ciertas zonas de China es tan horrible besar en la boca como para nosotros el canibalismo. Los padres mongoles no besaban a sus hijos, sino que les olían la cabeza. De acuerdo con el pionero de la etología humana Irenäus Eibl-Eibesfeldt, 10% de la humanidad no junta sus cabezas para intercambiar saliva, dato corroborado por la antropóloga Helen Fisher en 1992. Según ella, 650 millones de hombres y mujeres no practican el arte de la osculación.

 

Equivalentes

 

En nuestra cultura moderna occidental el beso es una expresión de afecto, pero en otras muchas representa sólo respeto hacia el otro, sin connotación sexual alguna. Es raro que un musulmán estricto bese a su mujer en la boca como señal de cariño. Hace algunos siglos en los países eslavos el beso tampoco se veía como una expresión erótica. Además, existen muchas manifestaciones que equivalen al beso. En la Primer Guerra Mundial, el antropólogo Bronislaw Malinowski visitó las islas Trobrinard –hoy Kiriwina-, junto a Papúa Nueva Guinea, y descubrió que sus habitantes ejecutaban diversos gestos en señal de afecto, como frotarse la nariz y la mejilla, sorber vigorosamente los labios, morder el mentón y la mejilla, jalar el pelo o, el aún más extraño, comer las pestañas del otro.

 

No obstante, hay animales que se besan, o al menos eso parece. Para algunos investigadores el beso íntimo podríamos haberlo heredado de nuestros antepasados primates. Los bonobos, muy cercanos a nosotros en términos genéticos, son particularmente besucones. Frans B.M. de Waal, primatólogo de la Universidad Emory, en Atlanta, recuerda a un cuidador que aceptó con gusto lo que pensaba era un beso amistoso, hasta que notó la lengua del mono en su boca.

 

Sin resentimientos

 

De Waal cree que en el mundo animal –y en el de los primates en particular- está extendido el uso de la reconciliación: “Los chimpancés, por ejemplo, se besan y abrazan después de una pelea. Y los bonobos se besan tras las riñas para reconfortarse, desarrollar alianzas sociales y a veces sin motivo aparente, como nosotros”. Jane Goodall vio entre los chimpancés de Gombe, en Nigeria, cómo los machos de menor rango se agachaban sumisamente y besaban alguna parte del cuerpo del macho dominante. Primatólogos han observado como una madre chimpancé tranquiliza a su asustado pequeño con caricias y besos en la cabeza. El ósculo es variado: muchos mamíferos se lamen las caras; los elefantes meten su trompa en la boca del otro, los pájaros se tocan el pico y los caracoles se acarician las antenas.

 

Pero ¿por qué existe el beso? Uno de los primeros en intentar explicar su funcionalidad fue Sigmund Freud, quien aventuró, como podría esperarse, que se trataba de un regreso a la época de amamantamiento. En los años 60, el zoólogo y etólogo inglés Desmond Morris propuso que podría haber evolucionado de la práctica de los primates consistente en masticar la comida de sus hijos antes de dárselas boca a boca, con los labios fruncidos. Lo hacen los chimpancés y posiblemente lo hicieron nuestros antepasados homínidos. La presión con los labios semiabiertos pudo desarrollarse más tarde como una manera de reconfortar a hijos hambrientos cuando la comida era escasa y, con el tiempo, expresar afecto.

 

Herencia modificada

 

La especie humana pudo haber convertido esos besos protoparentales en las variedades pasionales que hoy conocemos. El punto débil de esta idea es que ha muy pocas culturas humanas en las que las madres alimenten así a sus hijos, aunque sí explicaría la etimología de la palabra comer en el Egipto faraónico: ‘besar la comida de uno’.

 

Otros expertos han propuesto que besar puede haber evolucionado del husmeo habitual entre los animales. Para el japonés Kazushige Touhara, de la Universidad de Tokio, los besos son eco de una forma de comunicación más primitiva y química. Al menos esto es lo que deduce de sus experimentos con ratones. En éstos y demás mamíferos, las conductas reproductivas y sociales están moduladas por feromonas, señales químicas volátiles que son captadas por el llamado órgano vomeronasal (OVN), ubicado en la nariz. En el ratón, los estudios indican que las feromonas se dispersan a través de la orina, pero Touhara ha descubierto un péptido –el ESP1- que es segregado por la glándula lacrimal e interactúa con el OVN. Lo más curioso de su hallazgo es que el ESP1 pasa de un roedor al otro por contacto facial. Aunque el ratón y el hombre son genéticamente muy similares, el gen de este péptido no existe en nuestro ADN. “Lo perdimos en algún punto de la evolución”, dice Touhara. Ambas especies comparten un antepasado común que vivió hace 125 millones de años. La criatura, del tamaño de un ratón, se llama Eomaia scansoria y es el primer mamífero placentario que se conoce.

 

Touhara piensa que conservamos vestigios de la conducta de nuestros remotos ancestros; aún nos gusta besar o frotar narices acto automático que tiene como fin hacer un muestreo osmógeno del aroma del otro. Para ello, inspiramos con fuerza: en una carta odorífera, la velocidad del aire inspirado pasa de 6 km/h, que es la habitual, a 32 km/h. Algunos filematólogos –científicos que estudian los besos- estiman que oler serviría para identificar a parejas genéticamente compatibles. El olor que se percibe durante los besos proporciona a los implicados información relevante desde el punto de vista reproductivo, eso sí, de manera inconsciente.

 

Del olfato nace el amor

 

El problema de esta hipótesis es que no sabemos si podemos percibir feromonas, porque carecemos de OVN. Algunos investigadores piensan que las detectamos con la nariz, y otros, como Woodley, creen que la mujer puede ‘oler’ ciertas proteínas mientras besa y lo que percibe hace que encuentre o no atractivo a su compañero.

 

Pero esto no es más que una extrapolación de lo que se sabe del comportamiento animal: machos y hembras tienden a escoger parejas con un complejo principal de histocompatibilidad o MHC muy distinto al suyo. En los humanos, el MHC corresponde a un familia de genes –en concreto, 140- que se hallan en el cromosoma 6 y juegan un papel trascendental en las defensas del cuerpo. La mayoría de los biólogos sospecha que los ratones pueden percibir el grado de diferencia del MHC de su pretendiente pues, como regla general, a mayor disimilitud, más fortalecido saldrá el sistema inmunitario de la descendencia. “Estos genes también hacen que la gente huele de forma diferente”, opina Woodley.

 

Fórmula de la atracción

 

En 1995, el biólogo suizo Clus Wedekind determinó esta selección de pareja basada en la desemejanza del MHC en humanos. Hizo oler a un grupo de chicas las camisetas que habían llevado durante dos noches varios chicos que no usaron desodorante ni loción, ni se bañaron con jabones perfumados. Muchas de ellas escogieron olores de hombre con un MHC diferente al suyo. Curiosamente, la tendencia se invirtió cuando las mujeres tomaron anticonceptivos. Sin embargo, los hallazgos de Wedekind no han podido por el momento ser refrendados en otros estudios.

 

Entre las sustancias que se postulan como feromonas humanas se encuentran el androsterol, un componente del sudor que podría disparar la atracción sexual en la mujer, y las hormonas vaginales llamadas copulinas que, según algunos investigadores, disparan los niveles de testosterona y aumentan el apetito sexual masculino.

 

Lo que es innegable es que el beso es pura química. Durante su ejecución, desata la liberación de un coctel de sustancias entre las que se encuentran aquellas que median en el estrés, la motivación, la creación de lazos afectivos y, por supuesto, la libido. En 2007, un estudio de la psicóloga Wendy L. Hill, del Lafayette College en Pensilvania, comparó los niveles de dos hormonas en 15 parejas jóvenes antes y después de besarse, y antes y después de hablar tomados de las manos. Uno era oxitocina, que influye en la confianza y la generosidad, la conducta parental y el orgasmo; la otra, el cortisol, relacionada con el estrés. Hill predijo que el beso dispararía los niveles de oxitocina en las mujeres, sobre todo en las que mantenían un alto nivel de intimidad en las relaciones. También conjeturó una caída de cortisol, pues se supone que besar alivia el estrés. Pero, sorprendentemente, sólo registró una subida masculina de oxitocina; en las mujeres el nivel cayó tanto en las que besaban como en las que sólo tomaban de la mano a su pareja.

 

Tráfico de testosterona

 

La conclusión de Hill fue que la mujer necesitaba mucho más que un beso para sentirse emocionalmente conectada o sexualmente excitada; un entorno más romántico que la habitación del centro de salud del Lafayette College donde se desarrolló el experimento. Lo que la psicóloga sí descubrió es que el coritsol cayó en ambos sexos, fuera cual fuera la forma de intimidad. ¿Y qué decir de la testosterona presente en la saliva masculina? Es posible que una exposición prolongada a esta hormona, que dispara la libido en ambos géneros, active el apetito sexual. Esto explicaría por qué ellos prefieren más los besos que ellas. No es extraño que la antropóloga estadounidense ‘experta en amores’ Helen Fisher también crea que besarse es una manera de evaluar potenciales parejas. “En una especie inteligente que tras emparejarse debe dedicar años a criar la descendencia, la evolución selecciona mecanismos para eliminar a los perdedores y hallar al que vale”, comenta.

 

El beso es una parte esencial en el cortejo, y el coctel de sustancias de la saliva puede informarnos de la idoneidad biológica del otro. ¿Quién no ha perdido en interés después de un mal primer beso? ¿Puede ser que esa saliva no aporte las proporciones correctas de química? “El beso es la punta del iceberg. Hay sistemas químicos en juego de los que aún no sabemos nada”, añade Fisher.

 

“Besar implica un complejo intercambio de información olfativa, táctil y postural que puede indicarnos la presencia de mecanismos inconscientes que permiten a la gente tomar decisiones sobre el grado en que son genéticamente compatibles”, declara Gordon G. Gallup, de la Universidad de Nueva York en Albany. Para él, el beso es crucial en una relación. ¿Realmente es tan poderoso? Hace tres años, este investigador publicó junto a Susan M. Hughes y Marissa A. Harrison un estudio en Evolutionary Psicology donde 59% de los hombres y 66 % de las mujeres admitieron que a veces su atracción por alguien se había evaporado tras el primer encuentro bucal. “Los besos ‘malos’ no es que sean erróneos; simplemente no te hacen sentir bien”. Gallup aventura que transmiten una información inconsciente sobre la incompatibilidad genética del otro. Tras entrevistar a 1,041 estudiantes de ambos sexos, este experto también concluyó que besar significa cosas distintas en los dos sexos. Para ellos, el beso profundo era un obvio avance hacia el siguiente nivel físico, o sea, mantener relaciones sexuales, aunque también un camino para la reconciliación. Ellas, sin embargo, lo usaban para llevar la relación al siguiente escalón emocional y probar si el dueño de los otros labios será una buena pareja en el futuro. “Es un barómetro emocional: cuanto más entusiasta es el beso, más sana es la relación”, asegura Gallup.

 

No sólo las mujeres ponen más énfasis en besar; la mayoría no tendría relaciones sexuales sin que haya mediado un beso. Por el contrario, muchos hombres pueden pasar por alto este trámite labibucal, como lo evidencia el mundo de la prostitución. El escritor estadounidense James Jones expresaba en De aquí a la eternidad la conducta de quienes se dedican a este oficio: “El tabú decía que nunca se besa a las prostitutas. A ellas no les gusta. Sus besos son privados, como el cuerpo de la mayoría de las mujeres”. En todo caso, Gallup estima que el beso romántico evolucionó en una estrategia de cortejo adaptiva que sirve como técnica de evaluación de pareja, como medio de incitar la excitación y la receptividad sexual, y como una forma de mantener la relación. “En una pareja ya establecida, si no ocupa un lugar central o está totalmente ausente, es muy probable que haya problemas”, finaliza el citado experto.

 

Gran actitud física

 

Si la química del beso resulta apasionante, la física también tiene su fondo científico. Hace una década Elaine Sassoon, Annabelle Dytham y Gus McGrouther, del Rayne Institute, en la University College London, comprobaron con la ayuda de un escáner animado, que al dar un beso no sólo utilizamos los 34 músculos faciales, sino también 112 músculos posturales. En 2006, Nature Neuroscience publicó un artículo de Martin Sereno y Ruey-Song Huang, de la Universidad de California en San Diego, sobre el ‘problema’ de qué hacer con la nariz durante el ósculo íntimo. Evitar el obstáculo nasal requiere un “rápido procesamiento coordinado de la información somatosensorail, visual y espacial”.

 

De los 13 nervios craneales que afectan a la función cerebral, cinco se ponen a trabajar cuando besamos, para llevar al cerebro mensajes de labios, lengua, mejillas y nariz sobre los movimientos, el gusto, la temperatura y el olor. Los datos llegan al córtex somatosensorial, una franja de tejido en la superficie del cerebro que representa la información táctil en un mapa del cuerpo. En ese planisferio neuronal los labios surgen imponentes, porque el tamaño de cada parte del cuerpo es proporcional a la densidad de sus terminaciones nerviosas.

 

Durante los besos la sangre fluye a los labios, las pupilas se dilatan y el cuerpo se calienta. La saliva sale a caudales de las glándulas, el nivel de testosterona se dispara y surgen sustancias que nos hacen sentir bien, como las endorfinas. La presión sanguínea sube y en cada minuto el corazón late más de 120 veces.

 

Fuente: Revista Muy Interesante / Agosto 2010

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