Más turbada.


El pasado me da muchas opciones para serle infiel a Mario: como aquella vez que Fernando me lo hizo en el baño de un museo, o cuando me alzó la falda y se metió dentro de mí en la azotea de mi abuelita; pero mi preferida es esa noche en que mi ex se disfrazó de ladrón y metió su cabeza entre mis pernas. Aún veo sus ojos traviesos, enmarcados por los agujeros de un pañuelo. El recuerdo de ese antifaz hechizo que rozaba mis muslos me incita a acariciarme el clítoris con suavidad. Admito esa y otras imágenes para solazarme. Recuerdo esas caricias de Fernando en mis labios menores, la lubricación de mi nuez sometida a la constancia cariñosa de su lengua. Esta escena me obliga a clavar los dedos en mi entrepierna y a soltar uno que otro gemido. Lo veo prolongar el cunnilingus. Luego se yergue, excitadísimo, y me jala del cabello hasta empotrar mi boca en su virilidad. Disfruto su rudeza. Decido mover la pelvis frenéticamente para estimular mejor mis humedades. Enfoco los músculos de mi ex mientras lo masturbo. Me doy el lujo de inundar mi mano libre con una de sus nalgas. Tras varios minutos me arranca del suelo. Mis dedos se enfrascan en un subibaja por las orillas de mi sonrisa vertical. Sus garras atenazan mis muslos y me levantan fácilmente. Me columpia por algunos segundos hasta acomodarse y conseguir la conexión definitiva. Vuelvo a atacar mi clítoris mientras veo sus ojos largos, amarrados a los míos, tendidos desde las rendijas del pañuelo. No lo beso: un ladrón solo merece los caprichos de mi carne. Su movimiento es vigoroso pero, tras varias embestidas, su cansancio se hace notorio. Entonces le respondo con el vaivén de la pelvis, pegándola y despegándola de su abdomen repetidamente. Un sudor fino me recorre el cuello. Mi tacto inaugura una lubricidad inesperada en mi entrepierna. Empiezo a acercarme al orgasmo cuando escucho que alguien abre la puerta de la recámara con cautela. Oprimo el control remoto, casi por reflejo, en el momento en que mi novio aparece apoyándose en el quicio. Finjo sorpresa al ver que Mario viste gabardina y sombrero de detective. “Este crimen no quedará impune”, dice, acercándose a la pantalla del televisor. Luego recorre mis piernas con la mirada hasta llegar a mi oasis depilado. Le disparo la pregunta ensayada para esas ocasiones: “¿Traes una pistola en el bolsillo o te alegra verme?”. Mario no responde. Su gesto es el de un hombre que ha resuelto un caso. Enseguida se arrodilla y comienza a lamer mis pantorrillas, luego sigue su camino hasta mis muslos. Oprimo de nuevo el control remoto para reanudar la grabación. Continúo el toqueteo de mi clítoris en busca del orgasmo, fascinada ante la idea de que un video hace buen trío.

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