Pareja o descendencia ¿Quién es más importante?



El amor de mi hombre no le huirá a las cocinas, ni a los pañales del hijo, será como un viento fresco llevándose entre nubes de sueño y de pasado, las debilidades que, por siglos, nos mantuvieron separados como seres de distinta estatura.

Gioconda Belli (1948) Escritora y poeta nicaragüense (*)

El vínculo de pareja es inestable, se modifica de manera constante porque sus integrantes van cambiando. La disputa por el poder está muy presente y una debilidad puede ser la comunicación. Al inicio se pasa por una fase de reacomodos, conservando ciertos vestigios del noviazgo: se elaboran acuerdos, se negocia el poder y establece la convivencia con la familia política.

Probablemente hayan platicado sobre temas sustanciales como el primer embarazo, pero sin una planeación formal, sólo a manera de algo que puede suceder. Entonces, llega la noticia de un embarazo. A veces les toma por sorpresa, sin haber planeado qué se desearía para esa personita que viene y ambos empiezan a dejarse llevar por inercias y soluciones construidas en el día a día; sin siquiera haber esbozado cómo van a reorganizar su relación de ahí en adelante, pues habrá giros radicales en donde se deberá invertir tiempo, energías vitales, interés, dinero y toda una serie de responsabilidades.

Hay parejas que deciden compartir la vida cuando se enteran de la existencia de un embarazo en puerta; lo cual generalmente complica todavía más el proceso con todo lo que hay por la llegada de la primera hija/hijo y la complejidad que esto conlleva.

Se ha hecho énfasis en los conflictos que ocurren en el sentido de ¿quién es más importante: la pareja o el hijo/hija que está por llegar? De lo cual surge un falso dilema: “pareja contra prole” recordando una de esas viejas canciones mexicanas que decían “Por ti abandoné a mi madre y solita la dejé…”, donde debían elegir entre la madre y la amada. Estas disyuntivas carecen de sentido, pues se trata de amores y lugares distintos. En el mismo tono otro extremo sería: “ser madre antes que mujer”; “ser madre antes que profesional” … todo igual de innecesario.

Ubicar en un extremo a la pareja y en otro a la hija/hijo por celos y competencias es un error; en realidad es el contexto quien ayuda al florecimiento de conflictos, pues es cuando más se agudiza la división sexual del trabajo y roles tradicionales de género. Surgen nuevas formas de convivencia e interacción, los cuales no siempre son debidamente aclarados y más bien se acompañan de cierto desencanto, porque la expectativa era construir el espacio para dar y recibir ternura, intimar, apoyar, comunicar… y en cambio se vive una situación de incertidumbre y desconcierto ante lo inédito.

Sobre todo, el primer embarazo representa una fase significativa en la trayectoria vital de muchas mujeres, momento en donde se vive un precario control del equilibrio, el cual la lleva a cierta incapacidad para realizar sus movimientos y actividades cotidianas. Pese a ser temporal, este momento conduce a una pérdida de autonomía relativa que trasciende, entre otros ámbitos, el laboral; máxime si éste constituye parte sustancial de su proyecto de vida. Comenta una mujer que se hizo un ultrasonido y le dijeron que el bebé era pequeño, lo cual fue suficiente para preguntarse si habría comido mal, se había estresado o se había movido mucho. Siempre la culpa y las dudas muy presentes.

Algunas mujeres perciben a sus compañeros poco receptivos y hasta distantes en este proceso; señalan sentirse solas e incomprendidas porque ellos continúan sus proyectos, sus horarios de trabajo, mientras a ellas les cambia todo y por supuesto el cuerpo.

Una mujer comparte su percepción: “(…) es bueno tenerlo al lado, es un buen compañero (pero) Le explico las cosas y pasa media hora y se le olvida (…) Yo vivo las cosas, las conozco de una manera y él de otra, la vida nos lleva por caminos diferentes.” (Imaz, Elixabete; 2010: 335-336)

Quien está viviendo el embarazo es la mujer, no hay de otra, por ello a veces tiende a apropiarse de la criatura, la “siente” algo muy suyo, por todo el proceso que vivió. Es difícil olvidar ese primer movimiento, como señal inequívoca de la presencia de alguien con una vida autónoma dentro del cuerpo, esa primera patadita. En realidad, son las mujeres quienes se van transformando al mismo tiempo que su cuerpo y el vínculo con sus parejas, desde cómo ver la familia y el lugar que la misma ocupa en sus vidas.

El embarazo y la acrianza son actos que requieren comunidad y apoyos, sin embargo, todo el trabajo se recarga en las mujeres, quienes requieren de los varones mayor sensibilidad. La procreación se plasma en un entorno social, cultural e histórico determinado, por ello cada pareja es distinta y las mujeres tendrían que aprender de los varones a hacer compatible los rasgos de un modelo de maternidad que impone enormes requerimientos y las confina en roles con los que ella no se siente, ni quiere sentirse identificada.

Si los hombres se embarazaran de seguro interpretarían sus compromisos de crianza desde una visión más activa, incluyéndola a su vida cotidiana, ellos no renunciarían a sus profesiones, ni a sus formas de vida (claro, tienen una buena esposa). Las mujeres hemos de aprender otra forma de ser madres, vivir una maternidad consciente, dejando atrás patrones heredados que dictan ser abnegadas y sufridoras. Así, el falso dilema de quién es más importante, porque pareja y prole son esenciales, sólo ubiquemos su lugar y tiempo, podemos disfrutar ambos y ser más felices ¿cómo ves?

Referencias:

(*) Belli, Gioconda. Poema: Reglas de juego para los hombres que quieran amar a las mujeres. http://basta-ya-de-violencia-patriarcal.blogspot.mx/p/poesia.html

Imaz, Elixabete (2010). Convertirse en madre. Etnografía del tiempo de gestación. Ediciones Cátedra. Madrid, España.


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